El Instituto Cervantes tiene un peculiar sitio llamado Museo de los horrores, una colección de errores frecuentes en el uso de la lengua española, que sirve de pretexto para este blog.
Porque, tanto en España, como en la Ciudad de México, como seguramente en todos los países hispanohablantes, los horrores abundan y los que combaten esos horrores, cada vez son menos, algunos nostálgicos de la gramática y la ortografía que entraba con la sangre. Pero no hay que ser trágicos, con sangre nada entra, y si lo hace, seguro que no se queda.
¿Cómo hacer que los chicos mejoren su ortografía, su sintaxis? ¿Enseñándoles todas las reglas a punta de látigo? ¿Haciendo ejercicios eternos, con planas y planas, repeticiones hasta el hartazgo?
Pienso que no. Deben conocer las reglas, pero también deben saber por qué son importantes, encontrar una utilidad en la vida diaria; deben saber encontrar errores y proponer las correcciones adecuadas. Convertirse en cazadores de horrores, pero por gusto, no por erudición petrificada o por obligación martirizadora.
Y además, no podemos quedarnos al margen de la tecnología, o sea, hay que combinar tradición con innovación. Y, si hoy los chicos pasan más tiempo en Internet que en cualquier otro sitio, pues hay que mudarnos a Internet.
Estas son las justificaciones de este espacio: los horrores abundan, es necesario utilizar mejor nuestra lengua y necesitamos utilizar la tecnología.
El proyecto Menos horrores, por favor es un ejercicio que busca ejercitar a los chicos de secundaria en la corrección del uso del español a través de fotografías que muestren errores en su entorno. ¿La mecánica del sitio? Sencilla: caminen en la calle, lean libros, lean revistas, vean la tele, y cada que escuchen algo que crean que es incorrecto, grábenlo, tomen una foto, memorícenlo. Luego lo comentamos en clase y lo subimos a la red, con su correspondiente corrección, para compartirlo con quien quiera divertirse con nosotros.
Ojalá que quienes lean los contenidos de este sitio se contagien del amor a la lengua, que por ningún motivo debe ser aburrido y osificado, al contrario, el español está vivo, está alegre, está al alcance de todos.
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